Blogia
Los futuros de la edición

La segunda revolución de la lectura

El proyecto Gutemberg, nació para situar en el dominio público un bien amenazado: la palabra impresa. Su propósito,  a diferencia de otros que le han seguido, nada tiene que ver con fines comerciales o nacionalistas.   


El 4 de julio de 1971, hace ya 35 años, nació el proyecto Gutenberg. Su fundador, Michael Hart, disponía de mucho tiempo de computación que le había concedido el Laboratorio de Materiales de la Universidad de Illinois y no sabía cómo emplearlo. Esa tarde, de regreso a casa, tras haber asistido a un espectáculo de fuegos artificiales paró en un colmado para comprar algo que comer. Al pasar por caja le regalaron una edición barata de la Declaración de Independencia. Un hecho insignificante que bastó para que se aliaran la casualidad y el inconformismo.

La efemérides, los computadores y el libro tenían algo en común. Se trataba de recursos gestionados por organismos públicos, pero pertenecientes a un patrimonio común que podía acrecentarse. Y así saltó la chispa que disparó la imaginación de un estudiante de 24 años ansioso de notoriedad: Michael Hart se pasó la noche tecleando el librito y, una vez transferido al disco del computador, envió un mensaje a los otros usuarios de la máquina informándoles de lo que había hecho.

Lo que fue espectacular, lo que hoy todavía celebramos, es que tuviera la doble visión de imaginar para un computador otra utilidad que no fuera hacer cálculos y ensoñar el nacimiento de la biblioteca universal, con todos los libros y para todas las gentes. Fue una genialidad, porque por aquellas fechas sólo había 23 host (nodos) y unos 100 usuarios.Y, sin embargo, la iniciativa era revolucionaria.

Cuando Gutenberg inventó los caracteres móviles no inventó el libro, un objeto que se mantuvo durante mucho tiempo sin apenas modificación: hojas dobladas impresas, agrupadas por cuadernillos y cosidos entre sí. El cambio que produjo la imprenta fue muy lento y, desde luego, estuvo asociado a otras innovaciones que permitieron abaratar los costes de producción y distribución. Roger Chartier y Fernando Bouza han explicado que el éxito del libro no fue fácil, pues el poder (la alta burocracia y la elite culta) sospechó de la nueva tecnología (biblioclasmo) y, temiendo los errores que pudiera introducir el impresor, defendió el uso de las formas tradicionales de comunicación: la palabra dicha o manuscrita.

El gran cambio vino con el crecimiento del mercado. La revolución llegó cuando comenzaron al proliferar los ámbitos de sociabilidad en el siglo XVIII (salones, tertulias, cafés, escuelas) y la gente se puso a leer (libros, folletos y prensa). Fue una revolución de la lectura. Por eso, tiene sentido la pregunta (retórica) que Michael Hart hace a sus entrevistadores: “No veo qué hay de radical en publicar de nuevo libros que tienen entre 100 y 2.500 años de antigüedad.”. Y es que, en efecto, no cambian los contenidos.

La digitalización, sin embargo, permite nuevos media y favorece otra revolución, la llamada segunda revolución de la lectura. También hoy contamos con muchos detractores del libro electrónico, gentes que le niegan a la lectura en la pantalla todos los goces que experimentamos en el papel, aún cuando nada impida, como ya sucedió con el cine o en internet, que nuestra vida en la pantalla sea placentera y liberadora.

Hart quiere subir a la red y distribuir gratuitamente todos los libros posibles, es decir los que no plantean problemas de derechos de autor. El proyecto Gutenberg (ver My vision of Project, y otros muchos escritos on-line) puede dar acogida a todos los libros antiguos, pero también a todos los modernos cedidos por sus autores. En la actualidad ya hay 19.000 libros y cada mes se producen dos millones de descargas (ver en Bookyards el recopilatorio de bibliotecas o-line). También se puede adquirir un DVD con 10.000 libros al precio de un dólar y se aspira a que por 40 dólares dispongamos de un cofre que pesará un kilo y almacenará un millón de libros que, desde 2009, estarán accesibles y convenientemente indexados vía internet.

La cultura volverá a ser pública y casi gratuita. Y si aquí citamos el Proyecto Gutenberg, ignorando otros proyectos memorables como Gallica o la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, no es sólo porque fuera pionero, sino también porque el sueño de Michael Hart se basa en la economía del don (en especial, los centenares de correctores de pruebas voluntarios) y no está limitado a ninguna cultura, lengua o país. Predomina el inglés, pero seguramente se debe a la errónea política de nuestros estados, más proclives a la propaganda nacional(ista) que a la defensa de lo común.

La cultura volverá a ser de dominio público, pues asistimos a un doble proceso que, si Gutenberg no lo impide, desembocará en una abominable privatización de la palabra escrita (ver en Homeland Stupidity el resumen de la conferencia de M. Hart en la 6 HOPE Conference). Y es que las leyes que regulan la propiedad intelectual no dejan de ampliar el tiempo en que una obra es privativa de sus autores o sus herederos. Simultáneamente, el crecimiento exponencial del número de publicaciones hace que conforme pase el tiempo la práctica totalidad de todos los impresos producidos por la humanidad hayan sido publicados en nuestro siglo. La consecuencia de ambos hechos es que, explica Hart, el 99% de la palabra escrita esté en manos privadas, una circunstancia que arruinaría cualquier ilusión de equilibrio o bienestar común (ver la excelente entrevista que le hizo Richard Poynder en Open and Shut?).

La revolución que predica Michael Hart no es entonces sino una forma inteligente de luchar contra el colapso de la otra revolución de la lectura, la que produjo la Ilustración y en la que todavía pacen las libertades individuales.

0 comentarios